Comedores en alerta: más demanda, menos recursos y un estallido social que se siente en cada cuadra

Referentes territoriales señalan que el deterioro económico y la falta de asistencia oficial dispararon episodios de violencia inéditos.

En la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires, el comedor ubicado en la calle Santiago del Estero vive días de enorme complejidad. Militantes y cocineras describen un clima de tensión creciente: insultos, discusiones repentinas y enfrentamientos que surgen sin aviso. Lo que antes era un punto de calma para familias vulnerables ahora es escenario de conflictos que reflejan un deterioro social profundo.

Un incidente reciente expuso el nivel de desborde: una mujer llegó alterada, se negó a esperar y amenazó a quienes servían la comida. En medio del altercado, empujó la olla y arrojó toda la preparación al piso. Esa acción, producto de una situación personal atravesada por consumos y vulnerabilidad extrema, dejó sin ración a decenas de personas. Para los voluntarios, ese momento marcó un límite: desde entonces decidieron resguardar la olla adentro del local.

Referentes del comedor sostienen que el aumento de la violencia no responde a “casos aislados”, sino a una crisis estructural empeorada por el abandono estatal. Afirman que durante los últimos años se cortó el envío de alimentos, se estancaron los ingresos de quienes realizan trabajo comunitario y muchos comedores del país cerraron por falta de recursos.

Organización para sobrevivir al caos

Para evitar que las discusiones deriven en peleas, la entrega ahora se realiza mediante un sistema de numeración. Las personas con discapacidad o con niñas y niños reciben primero, luego siguen vecinos de hoteles familiares y por último quienes duermen en la calle. Un pasamanos humano lleva los tápers hacia adentro y afuera del local, mientras un grupo de militantes intenta contener a quienes esperan su turno.

Quienes sostienen el espacio remarcan que la presión emocional es enorme. Las cocineras, que también viven en condiciones similares a quienes asisten al comedor, se sienten responsables de mantener la calma, aunque reconocen que el desgaste las afecta. Las peleas entre las propias personas que concurren se volvieron frecuentes e incluso se registró una herida leve con arma blanca en una discusión por celos.

La nueva cara del hambre: trabajadores que ya no llegan a cubrir sus comidas

Entre las escenas nuevas aparece otra señal de la crisis: personas con empleo formal que buscan alimento porque el sueldo no alcanza. Pintores, obreros tercerizados y trabajadores de servicios acuden diariamente. Algunos comenzaron pidiendo un desayuno y luego solicitaron también el almuerzo, ya que sus empleadores no les cubren viáticos ni comida.

Lejos de generar rechazo, las cocineras decidieron incorporarlos sin dudar. “¿Quién puede negar un plato a alguien que lo necesita?”, expresan. Esa misma lógica explica por qué, pese a las advertencias de expulsión para quienes generan disturbios, nunca se concreta la exclusión de nadie.

Comunidad sin recursos, pero no sin vínculos

Una de las mayores pérdidas para los comedores fue la eliminación de los equipos sociocomunitarios que brindaban acompañamiento en salud, género y consumos problemáticos. Esas tareas, financiadas a través de programas sociales ahora desmantelados, permitían contener crisis y evitar que los conflictos escalaran.

Ante la falta de apoyo estatal, las organizaciones impulsan iniciativas para conseguir alimentos y mantener los espacios abiertos. También insisten en que el trabajo comunitario necesita reconocimiento, salario y derechos laborales, no solo voluntarismo.

A pesar de la incertidumbre, el comedor sigue en pie gracias a la trama afectiva que une a cocineras y asistentes. En un gesto que sorprendió a todos, la misma mujer que había volcado la olla regresó días después para defender al equipo ante otra pelea, mostrando que incluso en contextos adversos los lazos comunitarios continúan sosteniendo lo que el Estado dejó caer.

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