La Unión Cívica Radical está que arde. La reciente expulsión de los diputados Mariano Campero, Luis Picat y Mariano Arjol, por apoyar los vetos a las leyes de movilidad jubilatoria y financiamiento universitario, desató una ola de indignación que amenaza con resquebrajar al centenario partido. La decisión fue tomada bajo el argumento de que los expulsados incurrieron en «grave conducta partidaria», pero la medida encendió una fuerte reacción en contra.
Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza, fue uno de los primeros en lanzar dardos contra la dirigencia radical. Desde su cuenta en X, denunció que la conducción está llevando al partido hacia la irrelevancia. “No se puede construir un partido excluyendo a quienes piensan diferente. Esto traiciona la esencia democrática de la UCR”, declaró.
No es la primera vez que Campero, Picat y Arjol generan controversia. Los tres visitaron a Javier Milei en la Casa de Gobierno días antes de la votación por la movilidad jubilatoria, y poco después respaldaron el veto al financiamiento universitario. Estas acciones los colocaron en la mira de un Comité Nacional decidido a tomar medidas drásticas.
Sin embargo, la decisión de expulsarlos no estuvo exenta de críticas internas. Pamela Verasay, legisladora mendocina, cuestionó el rumbo del partido, acusando a sus líderes de encerrarse en un círculo de poder sin escuchar a la militancia. Por otro lado, la escisión de 12 diputados que ahora siguen a Facundo Manes y Martín Lousteau profundiza la sensación de un partido fragmentado y sin rumbo claro.
En medio de esta tormenta, la pregunta que resuena es si la UCR podrá recomponer sus filas o si este episodio marcará el principio del fin para una fuerza política que alguna vez lideró el país. Por ahora, el panorama es incierto, y las tensiones internas prometen seguir escalando.