El adiós a Perón: duelo nacional, multitudes y un país al borde del abismo

El 1 de julio de 1974 marcó uno de los momentos más conmocionantes de la historia argentina del siglo XX: la muerte del presidente Juan Domingo Perón. Su fallecimiento no solo generó una profunda tristeza en millones de ciudadanos, sino que también significó la apertura de un periodo de agitación política y social que culminaría con el golpe militar de 1976.

Desde días antes de su fallecimiento, Perón ya se encontraba en un delicado estado de salud. La presidenta María Estela Martínez de Perón, su esposa y vicepresidenta, ya había asumido de hecho el mando ante el deterioro de su condición física. El parte médico que se difundió tras su muerte detallaba que el mandatario había padecido una cardiopatía isquémica crónica, insuficiencia cardíaca y renal, y que su cuadro se había agravado en los últimos días debido a una infección respiratoria. A las 13:15 del 1 de julio, su corazón dejó de latir definitivamente.

La reacción fue inmediata. Las organizaciones sindicales decretaron un paro general como señal de duelo, y el país entero se paralizó. El cuerpo del líder fue vestido con su uniforme de general y trasladado a la residencia presidencial de Olivos, donde tuvo lugar un primer velatorio. Posteriormente fue llevado a la Catedral Metropolitana para una ceremonia religiosa y, finalmente, al Congreso de la Nación, donde se realizó un multitudinario homenaje público.

Durante las 46 horas que el féretro permaneció en el Congreso, más de 135 mil personas pasaron a despedirse. Las imágenes de filas interminables bajo la lluvia, compuestas principalmente por sectores populares, reflejaban el profundo vínculo entre Perón y el pueblo argentino. Las comparaciones con el sepelio de figuras contemporáneas como Diego Maradona o Néstor Kirchner sirven para dimensionar la magnitud de aquella despedida.

Entre quienes ofrecieron palabras de despedida destacaron figuras como Ricardo Balbín, líder del radicalismo, quien emocionó al país al declarar: “Este viejo adversario despide a un amigo”. También lo despidió un entonces joven gobernador de La Rioja, Carlos Menem, en representación de las provincias argentinas.

La trascendencia internacional del fallecimiento quedó reflejada en la presencia de unos 2.000 periodistas extranjeros y en los mensajes enviados por líderes mundiales. El presidente estadounidense Richard Nixon interrumpió una reunión con el líder soviético Leonid Brézhnev para expresar su pésame. Fidel Castro, por su parte, evocó el respaldo de Perón al levantamiento del bloqueo contra Cuba y lo calificó como un “patriota latinoamericano”.

El entierro del líder justicialista marcó el fin de una era, pero también el inicio de un periodo oscuro para la Argentina. La violencia política se intensificó bajo el gobierno de Isabel Perón, debilitado por tensiones internas, la crisis económica y el accionar de grupos armados. La sombra del autoritarismo comenzó a avanzar hasta concretarse en el golpe militar de 1976.

A más de medio siglo de su muerte, la figura de Perón sigue despertando pasiones, adhesiones y rechazos. Su legado, amado por muchos y cuestionado por otros, permanece como uno de los pilares fundamentales de la historia argentina contemporánea.

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