Con una jornada promedio de 32 horas semanales, Países Bajos se posiciona como el país europeo con la semana laboral más corta. Su sistema flexible, impulsado desde los años 80, transformó el empleo y la vida familiar, convirtiéndose en un ejemplo de equilibrio entre trabajo y bienestar social.
Mientras gran parte del mundo debate sobre la reducción de la jornada laboral, Países Bajos ya lleva décadas implementando un modelo que prioriza el equilibrio entre trabajo y vida personal. En 2024, los trabajadores neerlandeses de entre 20 y 64 años registraron una media de 32,1 horas laborales por semana, consolidando al país como el que tiene la semana laboral más corta de Europa.
Este logro no fue producto de una reforma repentina, sino de un cambio cultural y social sostenido. Desde la década de 1980, la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral modificó profundamente la forma en que se organiza el empleo. La modalidad de trabajo a tiempo parcial se extendió como una respuesta práctica a las necesidades familiares, dando origen a lo que se conoce como el modelo de “uno y medio” ingreso, en el que un integrante de la pareja trabaja a tiempo completo y el otro lo hace a media jornada.
Este esquema, respaldado por incentivos fiscales y políticas públicas de apoyo, se consolidó con el tiempo y permitió que tanto hombres como mujeres pudieran participar activamente en el mercado laboral sin resignar la vida familiar o el bienestar personal.
Las consecuencias económicas fueron igualmente notables. La tasa de desempleo, que en 1991 alcanzaba el 7,3%, se redujo al 2,1% en 2001 y actualmente se mantiene en torno al 3,6%, una de las más bajas de Europa. La flexibilidad laboral no solo redujo el desempleo, sino que también favoreció la inclusión y la estabilidad del empleo, especialmente para quienes deben combinar trabajo con tareas de cuidado.
El contraste con otras economías desarrolladas es marcado. En Estados Unidos, por ejemplo, la jornada promedio en 2024 fue de 42,9 horas semanales, y la salida de mujeres del mercado laboral sigue siendo un fenómeno preocupante: entre enero y junio de este año, más de 212.000 mujeres mayores de 20 años dejaron de trabajar, muchas de ellas madres con hijos pequeños.
La experiencia neerlandesa demuestra que reducir las horas de trabajo no implica perder productividad. Por el contrario, un esquema laboral más humano puede fortalecer la economía, fomentar la igualdad de género y mejorar significativamente la calidad de vida de las personas.
En un contexto global en el que se discute cómo conciliar empleo y bienestar, Países Bajos se presenta como un ejemplo concreto de que otro modelo laboral es posible, uno que prioriza tanto la eficiencia económica como el equilibrio personal y familiar.