Por Miguel Saredi (*)
En cada proceso electoral reaparece con fuerza una vieja estrategia: instalar la inseguridad como el gran tema de campaña. Se agita el miedo, se polariza el debate y se construyen candidaturas sobre la base del enojo social. Lo hemos vivido muchas veces. Pero, en este presente tan crítico, el fenómeno se vuelve aún más insoportable.
Porque ya no se trata solo de discursos duros o spots provocadores. Hoy, la inseguridad se transforma, en manos de ciertos sectores, en un instrumento de manipulación política.
Patricia Bullrich, José Luis Espert y otros referentes construyen su capital electoral a partir de frases de impacto, recetas simplistas y promesas de mano dura. Mientras tanto, los municipios seguimos enfrentando solos una realidad que ellos usan como bandera, pero que no conocen en profundidad.
La inseguridad no necesita más relato. Necesita decisiones. Pero las decisiones no llegan desde el Gobierno nacional, que cada vez se retira más del rol que le corresponde. No hay una política federal de seguridad. No hay una mesa de trabajo real con intendentes, gobernadores y fuerzas federales. No hay inversión sostenida en prevención. Y lo más preocupante: no hay una visión de conjunto.
Desde hace años venimos denunciando el retroceso del Estado nacional en esta materia. Nos enfrentamos a un modelo de país donde la Nación se desentiende, mientras los municipios asumen el costo político, humano y financiero de la inseguridad.
Los gobiernos locales son los que dan la cara ante cada delito, los que contienen a las familias, los que patrullan con recursos propios, los que instalan cámaras, compran móviles, capacitan personal y ponen en funcionamiento centros de monitoreo. Y, aun así, lo hacen con herramientas limitadas y, muchas veces, sin un marco legal que los respalde.
Esta descoordinación entre niveles de gobierno no es solo ineficaz: es peligrosa. Porque, frente a una ciudadanía desesperanzada, los espacios vacíos que deja el Estado son ocupados por soluciones mágicas, por discursos punitivistas, por candidatos que prometen lo imposible. Así, la inseguridad se convierte en el telón de fondo.