En el actual escenario económico global, marcado por la digitalización, la automatización y los cambios en la organización del trabajo, el paradigma del empleo tradicional ha quedado rezagado. La figura clásica del obrero fabril, pieza central del desarrollo industrial del siglo XX, ha sido reemplazada por un modelo mucho más fragmentado y flexible. Hoy se producen más bienes, tanto materiales como simbólicos, pero con una menor demanda de mano de obra.
Este fenómeno no se debe únicamente al avance tecnológico, sino a la implementación de modelos económicos que favorecen la exclusión. Las políticas neoliberales, fortalecidas en las últimas décadas, han impuesto una lógica de mercado que prioriza la eficiencia del capital en detrimento del empleo estable y con derechos. En este contexto, el trabajo ha perdido sus límites espaciales y temporales. Ya no se habla de una jornada laboral definida, sino de una disponibilidad permanente, donde los trabajadores deben estar atentos a correos o mensajes que exigen respuestas inmediatas.
El filósofo Gilles Deleuze advirtió que el control en las sociedades actuales no requiere encierro, sino endeudamiento y vigilancia voluntaria. Así, se ha naturalizado una forma de explotación en la que el empleado, aunque trabaje desde su hogar, puede ser reemplazado si no responde con rapidez.
En este nuevo modelo, las élites no solo se valen de una reserva de desempleados para presionar a la baja los salarios, sino que además han generado una narrativa meritocrática que excluye a millones. A quienes no logran adaptarse a este sistema se los clasifica como inservibles o peligrosos, cayendo en lo que el sociólogo José Nun denominó “masa marginal”: personas que no forman parte del ejército de reserva laboral, sino que se perciben como una carga para el sistema.
Este proceso está acompañado por una creciente mercantilización de esferas antes ajenas al capital, como la salud, la educación y el conocimiento. El neoliberalismo, en tanto etapa avanzada del capitalismo, ha desdibujado las fronteras del trabajo y ha puesto en cuestión el acceso a derechos básicos.
En Argentina, esto se refleja en la distancia entre el ideal del pleno empleo que caracterizó a ciertas etapas históricas y la realidad actual. Aquella frase atribuida a Perón, “de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”, contenía la certeza de una estructura económica con empleo registrado, sindicatos fuertes y acceso a la vivienda. Hoy, esa seguridad ya no existe, y el nuevo sujeto trabajador está representado por el repartidor, el vendedor ambulante, el reciclador, el monotributista o la costurera independiente.
El desafío es reconocer a estos nuevos actores sociales y garantizarles derechos laborales en un contexto que ha cambiado profundamente. El mundo laboral ya no es el mismo, pero los reclamos por justicia social siguen vigentes y buscan reinventarse desde nuevas trincheras.