Luis Gotte: «ES TIEMPO DE FEDERALES…»

Manuel Dorrego, el mejor de nosotros. Llamado el “padrecido de los pobres”, peleó por la liberación nacional y defendió los derechos de sus paisanos, Justicia Social le diremos más tarde; le dijo a la Banca británica que el empréstito fraudulento contraído por el “iluminado” de Rivadavia, hacía poco que retornaba de Londres luego de seis años de ausencia, no se pagaría con el hambre de los bonaerenses; protegió nuestras provincias frente al poder avasallador del centralismo de la llamada, por el historiador marxista Luis Alberto Romero, “experiencia feliz” (la década ganada).

El más leal federal. Sus enemigos le decían “el loco Dorrego”. Se opuso a la persecución religiosa iniciada por la progresía liberal, criticó duramente desde el periódico “El Argentino” la política de subordinación a los intereses británicos (ley de enfiteusis, libre comercio, supresión de los Cabildos); no permitió que se pisotee la opinión de nuestros provincianos y se opuso al voto calificado que impulsaba la Constitución del ’26, denunciando que “la aristocracia del dinero vaciará de contenido a la república”. Hoy como ayer, la nueva-vieja aristocracia política ha logrado convertir a nuestras Instituciones en cáscaras vacías.

Lo acusaban de andar “rodeado de manolos (orilleros) que recorrían las parroquias para acompañar a su jefe”. Dirán lo mismo con la “chusma” de Yrigoyen, los “cabecitas negras” de Perón, los “machirulos” del Justicialismo que no olvida. Acertadamente Scalabrini Ortiz nos señalará: “la substancia del pueblo argentino, su quintaesencia de rudimentarismo estaba allí presente, afirmando su derecho a implantar para sí mismo la visión del mundo que le dicta su espíritu desnudo de tradiciones, de orgullos sanguíneos, de vanidades sociales, familiares o intelectuales. Estaba allí desnudo y solo, como la chispa de un suspiro: hijo transitorio de la tierra capaz de luminosa eternidad”. Es el espíritu de la tierra que se manifiesta, que está presente. El subsuelo de la Patria que se insubordina para iniciar su camino de reivindicación.

Pero, tanto atrevimiento concluye un 13 de diciembre de 1828.

Manuel Dorrego cae fusilado por la infernal orden de Lavalle, hombre sin juicio y desalmado al decir de San Martín, y a instancia “de estos calaveras” de Juan Cruz Varela -ex ladrón de dineros del Estado- y del masón y liberal Salvador María del Carril -futuro vicepresidente de Urquiza- quienes le aconsejarán “a la espada sin cabeza” que “esta revolución es un juego de azar en la que se gana hasta la vida de los vencidos”, todo esto bajo la atenta mirada del ex-gobernador Martín Rodríguez, a quien por sus diferencias políticas y su odio personal se lo señala como el autor intelectual del asesinato. Dirá San Martín en carta a O’Higgins: “sabemos que los autores del movimiento del 1º de Diciembre, son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho a este país, y al resto de la América, con su infernal conducta”. Males que se repetirán durante el siglo siguiente, historias de un eterno retorno.

Ironía del destino. Lord John Ponsonby, que pretendía a la amante del rey Jorge IV de Inglaterra, es enviado como Ministro Plenipotenciario del Reino Unido al Río de la Plata que estaba en guerra contra el Imperio del Brasil. Actuó en la intermediación, proponiendo la creación del Estado Oriental del Uruguay. Decisión determinante para el derrocamiento y posterior fusilamiento de Manuel Dorrego, que nada tenía que ver, pero fue el resultado perfecto para convencerlo a Lavalle.

Lord Ponsonby le escribirá prontamente al cónsul inglés en Buenos Aires, Woodbine Parish: “en mi carácter oficial no reconozco a semejante gobierno. Aunque a esa Provincia le complazca complicarse con asesinos y traidores, no puede darles a ellos títulos para tratar con un Estado civilizado en nombre de la República Argentina. Los traidores que asesinaron a su gobernante legal, pueden, quizás, pretender establecer un nuevo gobierno legal […] pero no está en el poder de un simple puñado de desalmados derribar las instituciones del país y gozar los frutos de su traición”; y, en ese mismo sentido se refiere Simón Bolívar en carta al Gral. Pedro Briceño Méndez que «en Buenos Aires se ha visto la atrocidad más digna de unos bandidos. Dorrego era jefe de aquel gobierno constitucionalmente y a pesar de esto el coronel Lavalle se bate contra el presidente, le derrota, le persigue, y al tomarle le hace fusilar sin más proceso ni leyes que su voluntad; y, en consecuencia, se apodera del mando y sigue mandando literalmente a lo tártaro.»

El patriciado porteño, cosmopolita y liberal, comienza a respirar aliviado. Con un tiro en la cabeza y siete en el pecho creyeron poner fin a ese federalismo irredento que les impuso trato igualitario con “los de abajo”. Serán las mismas descargas que resonarán el 17 de septiembre de 1861, el 6 de septiembre de 1930, el 16 de septiembre de 1955 y el 24 de marzo de 1976.

Se equivocaban. Siempre se equivocaron. Muy pronto, las fuerzas profundas del país real salen a la luz para poner fin a esos sueños de estar “al servicio de su graciosa majestad británica”.

Dorrego bregaba por un federalismo efectivo, un federalismo de simetrías en lo político, económico y territorial. Muy lejos estuvo en su propuesta la creación de provincias inviables en lo económico, dependientes del presupuesto nacional y pueblos escapando de la miseria. Como dijo un ex-gobernador salteño: “mi preocupación, como provinciano, es ver como las políticas públicas en la Argentina solamente se validan en la especulación financiera, en la vida de los grandes centros urbanos y nosotros, que somos pueblos que vivimos de la producción y del trabajo, no encontramos un lugar que nos pueda contener”.

El federalismo argentino, aunque ha querido personificarse en Borges, Ramírez, López y sobre todo en Artigas, fue la obra anónima y colectiva del pueblo argentino todo, fue su encarnizada lucha contra fuerzas poderosas que trataban de neutralizar ese proyecto de Nación, permitiéndoles un parcial triunfo con su incorporación en el art. 1 de la Constitución Nacional.

Sin embargo, el contraste entre la norma y la realidad sigue siendo tan duro que aún el texto de Félix Luna, escrito en 1956, conserva toda su vigencia: “…El federalismo es un tema sobre el que todos están de acuerdo. Nadie ataca al sistema federal. Todos hablan de la necesidad de crear un auténtico federalismo. Pero casi todos lo hacen en una suerte de convenio tácito, con una guiñada de engaña pichanga…Porque se habla de federalismo como si se estuviera conteste en permitir que sobreviva en la letra constitucional como institución histórica simpática, como cosa en la que nadie cree pero que todos perdonan. Dentro de nuestro sistema de mitos y tabúes, el federalismo es un inofensivo vejestorio que figura en plataformas electorales, en discursos y alegatos, pero que nadie sostiene con emoción ni desarrolla en su significado profundo.”

Dorrego, el loco, el padrecito de los pobres, leal al federalismo. Es más que un gran luchador de los sagrados intereses de la Patria; más que un gobernador electo de la provincia bonaerense o un campeador de su pueblo; es el ejemplo obligado a seguir por quienes trabajamos por una nación FEDERAL. Por eso necesitamos que se conozca su vida y su ideario a lo largo y ancho de nuestra Comunidad Nacional y, así, las nuevas generaciones de políticos asuman la responsabilidad, al decir del hispanoamericanista Marcelo Gullo, de una actitud de INSUBORDINACIÓN FUNDANTE ante el pensamiento centralista dominante, y lograr un “umbral de poder” necesario para convertir a sus provincias en actores importantes y necesarios, como respetadas y autónomas, en los destinos de nuestra Patria y, desea manera, no caer en nuevos ciclos de subordinación ante el poder político del Centralismo Progresista. Una Patria Federal, humanista y cristiana, será la llave maestra para una Nación Justa Libre y Soberana.

Luis Gotte
La trinchera federal

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