La posibilidad de que Axel Kicillof asuma la conducción del Partido Justicialista de la provincia de Buenos Aires reordena el tablero del peronismo. Estrategias cruzadas, diferencias dentro del Movimiento Derecho al Futuro y un debate de fondo sobre liderazgo, unidad y proyección nacional.
La discusión por la conducción del Partido Justicialista bonaerense volvió a encender la interna del peronismo. En el centro de la escena aparece Axel Kicillof, gobernador de la provincia de Buenos Aires, ante una definición que combina cálculo político, disputas de poder y lecturas de largo plazo: aceptar la presidencia del PJ provincial, tal como propuso Máximo Kirchner, o sostener la alternativa de Verónica Magario y exponerse a una elección interna.
En el entorno más cercano al mandatario provincial ya no se descarta la posibilidad de que termine al frente del partido. La negativa categórica que predominaba meses atrás se fue diluyendo, especialmente luego de que el líder de La Cámpora blanqueara su jugada y colocara el tema en el centro del debate. La iniciativa implicó un cambio de actitud del kirchnerismo duro, que hasta ahora no había impulsado públicamente que Kicillof tomara el control formal del PJ bonaerense desde su llegada a la gobernación en 2019.
Dentro del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), el espacio que respalda políticamente al gobernador, conviven miradas contrapuestas. Hay quienes entienden que asumir la presidencia del partido permitiría ordenar la fuerza, alinear al PJ con la gestión provincial y cerrar un ciclo de confrontaciones internas. Otros, en cambio, advierten que ese paso podría leerse como una concesión frente a Cristina Fernández de Kirchner y su hijo, debilitando la imagen de autonomía política que algunos intendentes reclaman con insistencia.
La tradición peronista suele ubicar a gobernadores e intendentes como presidentes de los partidos en sus territorios. Casos como La Rioja, La Pampa o Formosa refuerzan esa lógica. Sin embargo, también existen excepciones recientes, como Catamarca y Tucumán, donde los mandatarios provinciales cedieron la conducción partidaria a aliados estratégicos para sostener equilibrios internos. En la provincia de Buenos Aires, esa fórmula nunca se consolidó y la relación entre Kicillof y Máximo Kirchner se fue desgastando con fuerza desde 2021, al punto de volverse distante y cargada de desconfianza.
La discusión por el PJ bonaerense se transformó así en uno de los escenarios donde se expresa la disputa más amplia del peronismo. Para un sector del MDF, aceptar la propuesta de Kirchner implicaría quedar atrapado en la dinámica provincial cuando el objetivo del gobernador sería construir una figura de alcance nacional. “El desafío es federalizar su proyecto político”, repiten cerca del mandatario, convencidos de que su proyección presidencial requiere salir del eje bonaerense.
El dilema es complejo: Kicillof puede mantener su postura inicial, respaldar a Magario como candidata del espacio y enfrentar una interna si no hay acuerdo con el kirchnerismo; o bien asumir la presidencia del PJ y apostar a cerrar la grieta partidaria desde adentro. El principal riesgo, según reconocen en su entorno, es cómo comunicar un eventual cambio de posición sin que sea interpretado como una derrota en la puja interna.
En el círculo chico del gobernador se insiste en un punto central: quien conduzca el PJ debe respaldar de manera explícita la gestión provincial y sus políticas públicas. Más allá de los nombres, el objetivo sería ordenar el partido en sintonía con el gobierno bonaerense. Esa línea discursiva se repite entre ministros y dirigentes de confianza, que buscan mostrar coherencia y disciplina política.
La movida de Máximo Kirchner también tiene su propio cálculo. Al promover a Kicillof como presidente del PJ, reconoce su centralidad como figura del peronismo y potencial candidato presidencial, pero al mismo tiempo lo empuja a redefinir su estrategia para evitar una confrontación abierta. Si el gobernador acepta, el kirchnerismo logra preservar la unidad partidaria y el MDF se asegura el control formal del partido. Un empate estratégico, sin vencedores ni derrotados absolutos.
Desde el sector que responde a Cristina Fernández de Kirchner sostienen que la propuesta fue conversada previamente y relativizan las quejas por la falta de canales formales. Admiten, no obstante, que el vínculo entre ambas partes está atravesado por tensiones y diálogos indirectos. La apuesta, aseguran, es clausurar la interna bonaerense para luego discutir el rumbo del peronismo a nivel nacional.
El tablero sigue abierto. Si no hay acuerdo y Magario continúa siendo la opción del kicillofismo, la posibilidad de una elección interna en marzo aparece como el desenlace inevitable. En un peronismo acostumbrado a las disputas de poder, la definición por el PJ bonaerense vuelve a confirmar que, lejos de resolverse, la interna sigue siendo un factor central de su dinámica política.