Votar aunque no estés obligado: el acto más revolucionario

Mientras algunos en Argentina discuten si vale la pena ir a votar, ayer Brasil nos dio una lección de dignidad democrática. No fue por obligación, fue por convicción. Millones viajaron horas, cruzaron ríos, perdieron un jornal y votaron incluso quienes no tenían obligación legal de hacerlo, porque entendieron que el voto no es un trámite, es una trinchera. Y si queremos recuperar la Argentina grande y feliz, tenemos que volver a militarlo.

Por Mónica Angelini, docente y militante por la justicia social.

Brasil votó ayer. Y no votó a medias.

Votó con el cuerpo y con el alma. Votaron los jóvenes de 16 y 17 que podían quedarse en su casa. Votaron los mayores de 70 que ya nadie obliga. Votaron los que viven a 8 horas en lancha del centro de votación más cercano en el Amazonas. Votaron los trabajadores que perdieron un jornal para poder llegar.

¿Por qué? Porque entendieron que el bienestar no se defiende por WhatsApp. Se defiende en la urna.

Allí nadie preguntó “¿para qué voy a ir si ya está todo arreglado?”. Nadie se refugió en el cinismo cómodo del que no va porque “son todos lo mismo”. Hubo una conciencia colectiva brutal: si no votás vos, vota otro por vos. Y ese otro va a decidir si tu país sigue siendo un país con derechos, con Estado, con futuro, o si se entrega al remate.

Ese es el ejemplo que debe interpelarnos a los argentinos.

Nosotros, que tuvimos a Perón y a Evita enseñándonos que la política es la herramienta para transformar la vida de la gente, hoy convivimos con una peligrosa apatía inducida. Nos quieren convencidos de que da lo mismo. Nos quieren en casa, enojados, descreídos, mientras ellos avanzan con la motosierra contra todo lo que nos hizo felices.

Ir a votar aunque no estés obligado es un acto de rebeldía. Es decirles a los poderes reales que no nos resignamos. Que no vamos a entregar la patria.

Y hay otra lección que Brasil nos dejó y que no podemos ignorar: la militancia en redes.

Lula no llegó al balotaje solo con actos. Llegó porque hubo millones de pibes, de militantes anónimos, de trabajadores, de mujeres, de artistas, que tomaron el celular como un fusil. Que salieron a discutir, a desmentir fake news, a contar con orgullo lo que representa un modelo con justicia social. Le disputaron el sentido común al odio, al algoritmo del anti-política. Convirtieron cada grupo de familia, cada estado de Instagram, cada hilo, en un comité de base.

Esa es la militancia que necesitamos recuperar ya en Argentina. No la rosca de pasillo. La militancia del día a día, que explica por qué importa votar.

Porque el voto es el único momento en el que el voto del peón vale lo mismo que el voto del dueño del campo. Del patrón. Es la única igualdad real que nos deja el sistema. Despreciarlo es un lujo de privilegiado o una trampa para que los de abajo no decidamos.

Argentinos y argentinas: no tenemos que ir a votar porque nos obligan. Tenemos que ir a votar porque nos duele el país.

Tenemos que ir a votar para recuperar las universidades llenas, los hospitales funcionando, los jubilados con remedios, los pibes con netbooks y futuro. Para recuperar la Argentina que se merece ser grande, no por las corporaciones que la saquean, sino por su pueblo que merece ser feliz.

El ejemplo ya está. Ayer, cruzando la frontera. Gente humilde haciendo kilómetros por un papel.

La pregunta ahora es nuestra: ¿vamos a seguir mirando desde el balcón o vamos a volver a ser protagonistas de nuestra historia?

El 2027 empieza hoy, en cada urna. Y empieza aunque no estés obligado.

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