LEALTAD AL EGO: EL 17 DE OCTUBRE EN QUE EL PERONISMO SE MIRÓ AL ESPEJO

Por Martín Méndez
Periodista especializado en comunicación política y asesor parlamentario

Hay una pregunta que el peronismo debería hacerse después de cada 17 de octubre: ¿a quién le está pidiendo lealtad?

La fecha que simboliza uno de los vínculos más profundos entre el movimiento obrero y el peronismo volvió a poner sobre la mesa una contradicción difícil de ignorar. Mientras la sociedad enfrenta sus propias urgencias, una parte de la dirigencia parece demasiado concentrada en resolver sus disputas internas. Lo que debería ser una demostración de unidad termina exponiendo las diferencias que impiden construirla.

El problema no es que existan distintas posiciones dentro de un movimiento político. Las diferencias son legítimas y, en una fuerza con la historia y la diversidad del peronismo, resultan inevitables. El problema aparece cuando cada sector confunde su propia supervivencia con el destino del conjunto.

El 17 de octubre debería ser una fecha para recordar al pueblo. Sin embargo, corre el riesgo de convertirse en una vidriera de dirigentes que buscan demostrar quién conserva más poder, quién convoca más y quién tiene derecho a conducir el futuro.

La lealtad, entonces, cambia de destinatario. Deja de mirar hacia una causa colectiva y empieza a girar alrededor de nombres propios.

Cuando la interna ocupa el lugar de la sociedad

En comunicación política hay una regla elemental: ningún espacio puede construir una identidad colectiva sólida si su mensaje público queda subordinado a sus disputas internas.

La ciudadanía no observa la política únicamente desde los discursos de sus referentes. También evalúa sus prioridades, sus gestos y su capacidad para ofrecer respuestas. En un contexto de incertidumbre económica y dificultades cotidianas para amplios sectores sociales, la pregunta que importa no es solamente quién conduce el peronismo, sino qué tiene para proponerle a la sociedad.

Cuando las señales públicas de una fuerza se concentran en sus diferencias, el mensaje pierde claridad. Cada sector puede celebrar su convocatoria y considerar exitosa su propia demostración de fuerza, pero esa lectura no necesariamente coincide con la percepción de quienes esperan respuestas concretas.

El riesgo es confundir la movilización de los propios con la capacidad de volver a representar a quienes se alejaron, a quienes están desencantados y a quienes ya no encuentran en la política una respuesta a sus problemas.

Una plaza llena puede expresar identidad, compromiso y pertenencia. Pero no resuelve, por sí sola, el problema de la conducción ni reemplaza la construcción de un proyecto compartido.

La lealtad no puede ser propiedad de un dirigente

El peronismo construyó buena parte de su identidad histórica alrededor de la justicia social, los derechos de los trabajadores y la idea de que la política debía mejorar las condiciones de vida de las mayorías. Esa tradición constituye una referencia ineludible para evaluar sus desafíos actuales.

Por eso, reducir la lealtad a la obediencia a un liderazgo, a la pertenencia a una facción o a la defensa de una candidatura supone vaciarla de su dimensión colectiva.

Ningún dirigente, por importante que sea su trayectoria, puede confundirse con la totalidad de un movimiento. Tampoco puede exigir que las diferencias se resuelvan siempre en función de su propia continuidad.

La discusión sobre el liderazgo es inevitable. Lo que merece una revisión más profunda es el orden de las prioridades: ¿primero está el proyecto o primero está quien pretende conducirlo?

Cuando esa pregunta no encuentra una respuesta convincente, la interna deja de ser una herramienta para resolver diferencias y se convierte en un fin en sí mismo.

Y allí aparece el verdadero costo político de los egos: no solamente la fragmentación de una estructura partidaria, sino la dificultad de ofrecer una alternativa reconocible para la sociedad.

El espejo y la calle

La reconstrucción de una fuerza política no comienza necesariamente con una nueva consigna, una fotografía de unidad o un acuerdo entre dirigentes. Comienza cuando existe una razón concreta para volver a caminar juntos.

Eso exige reconocer diferencias, establecer prioridades y aceptar que ningún proyecto colectivo puede quedar subordinado indefinidamente a las ambiciones individuales. También exige recuperar una pregunta que suele perderse detrás de las disputas por el poder: ¿qué problemas de la sociedad estamos dispuestos a resolver y con qué propuestas?

El peronismo tiene una historia que lo obliga a discutir su presente con seriedad. Su identidad popular no constituye una garantía automática de representación, del mismo modo que su pasado no le asegura un lugar permanente en el futuro.

Las conmemoraciones partidarias deberían servir para revisar ese vínculo, no solamente para medir fuerzas internas. El 17 de octubre tiene un peso simbólico demasiado importante como para reducirlo a una competencia de convocatorias, discursos y liderazgos.

Porque la lealtad política no puede ser una propiedad privada. Mucho menos una herramienta para blindar egos.

Si el peronismo quiere volver a hablarle a la sociedad, primero tendrá que demostrar que puede escucharla. Y si sus dirigentes pretenden conducir un proyecto colectivo, deberán aceptar que ese proyecto es más importante que cualquiera de ellos.

De lo contrario, el riesgo será celebrar cada año la lealtad del pueblo mientras la dirigencia continúa practicando la lealtad al espejo.

La pregunta que queda abierta no es quién ganó la interna del 17 de octubre. Es otra, mucho más profunda: ¿cuánto puede perder un movimiento cuando sus dirigentes terminan confundiendo su propio destino con el de la causa que dicen representar?

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