Magallanes, Malvinas y la Patagonia: una historia que vuelve a interpelar a la Argentina

La reciente controversia diplomática entre Argentina y Chile por el Estrecho de Magallanes vuelve a poner el foco sobre una de las regiones más estratégicas del país. En este análisis, Martín Méndez, periodista especializado en comunicación política y estratégica, recorre la historia de la Patagonia austral, la presencia de capitales británicos, el antecedente de la cooperación chilena con el Reino Unido durante la Guerra de Malvinas y el valor geopolítico del Atlántico Sur, para plantear una pregunta central: ¿cuánta presencia argentina efectiva existe hoy en los territorios más estratégicos de la Nación?

La reciente controversia diplomática entre Argentina y Chile por el Estrecho de Magallanes reactualiza una discusión que excede la coyuntura. Una investigación sobre la conformación territorial de la Patagonia austral, la histórica presencia de capitales británicos y el antecedente de la cooperación chileno-británica durante la Guerra de Malvinas permite observar el episodio desde una perspectiva más amplia.

Por Martín Méndez


La reciente publicación de Última Noticia PBA sobre la tensión diplomática entre Argentina y Chile por el Estrecho de Magallanes volvió a situar al extremo austral sudamericano en el centro de la agenda.

Las declaraciones del jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea Argentina, brigadier general Gustavo Javier Valverde, acerca de la importancia estratégica de Magallanes, el sur y el Pasaje de Drake provocaron una reacción del Gobierno chileno.

El 25 de agosto, la Cancillería argentina fijó oficialmente su posición: el Tratado de Límites de 1881 y el Tratado de Paz y Amistad de 1984 rigen plenamente y son considerados definitivos por nuestro país. Al mismo tiempo, recordó que la importancia estratégica del extremo austral constituye una perspectiva de Estado vinculada con Malvinas, el Atlántico Sur y la Antártida.

Hasta allí, la noticia.

Pero existe una historia detrás de esa noticia.

Y es una historia que vengo investigando desde mucho antes de esta controversia.

Durante ese trabajo estudié la conformación territorial y económica de la Patagonia austral y particularmente la influencia que, desde finales del siglo XIX, tuvieron allí productores, familias y capitales de procedencia británica.

Por eso, cuando vuelven a aparecer en una misma discusión nombres como Magallanes, Drake, Atlántico Sur, Malvinas y Antártida, resulta necesario levantar la mirada de la coyuntura.

No porque exista una única explicación que vincule automáticamente esos acontecimientos.

Sino porque todos pertenecen a una de las regiones geopolíticamente más sensibles de América del Sur.

Una Patagonia vinculada con Malvinas

Uno de los lugares que integró aquella investigación fue Estancia Monte Dinero, ubicada en Santa Cruz, aproximadamente a 115 kilómetros de Río Gallegos y a 14 kilómetros de Cabo Vírgenes, en inmediaciones de la entrada oriental del Estrecho de Magallanes.

Actualmente comprende unas 26.000 hectáreas y su historia está profundamente vinculada con los pioneros británicos que se establecieron en el territorio durante el último cuarto del siglo XIX. Entre ellos estuvieron el escocés Thomas Greenshields y, posteriormente, Arthur Wellington Fenton, irlandés y primer médico del entonces Territorio Nacional de Santa Cruz.

Monte Dinero, sin embargo, permite observar un fenómeno histórico mucho más amplio.

Durante el proceso de incorporación económica de la Patagonia austral, Malvinas y Punta Arenas tuvieron un papel fundamental como centros proveedores de ganado, capitales, experiencia productiva y conexiones comerciales.

Existe un episodio particularmente revelador.

En 1885, durante la presidencia de Julio Argentino Roca, el gobernador Carlos María Moyano recibió amplias facultades para facilitar el establecimiento de pobladores procedentes de Malvinas y el acceso a tierras destinadas a la actividad ganadera.

Investigaciones académicas sobre la colonización de Santa Cruz muestran que entre quienes se beneficiaron de aquel proceso estuvieron productores británicos que posteriormente ocuparon importantes superficies del territorio austral.

No se trata de una hipótesis.

Es parte de la historia económica y territorial de la Patagonia.

Aquella presencia dejó marcas que todavía pueden observarse.

Apellidos, construcciones, establecimientos rurales y asociaciones dan testimonio de aquella inmigración. En Río Gallegos, por ejemplo, el histórico British Club, fundado en 1911 durante el auge de la industria ovina, recuerda todavía la importancia que tuvo esa comunidad en la consolidación económica del territorio.

Nada de esto implica cuestionar la argentinidad de esas familias ni sugerir que las propiedades vinculadas a sus descendientes se encuentren por fuera de la legislación nacional.

Al contrario.

Muchas de ellas llevan varias generaciones integradas plenamente a la sociedad argentina.

Lo históricamente relevante es comprender hasta qué punto, durante determinados períodos, capitales privados y circuitos económicos internacionales tuvieron una presencia extraordinaria en territorios donde el Estado argentino todavía se encontraba consolidando su propia capacidad material.

Y eso constituye una enseñanza directa cuando hablamos de soberanía.

1982: Chile, Gran Bretaña y un antecedente documentado

Existe otro episodio que inevitablemente aparece cuando sobre un mismo mapa colocamos a Argentina, Chile, Gran Bretaña y el Atlántico Sur.

La Guerra de Malvinas.

Durante el conflicto de 1982, la dictadura de Augusto Pinochet proporcionó cooperación secreta al Reino Unido.

Uno de los aspectos mejor documentados fue el intercambio de información relacionada con los movimientos aéreos argentinos.

El entonces comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, general Fernando Matthei, reconocería años después aquella colaboración. El oficial británico Sidney Edwards, enviado a Chile durante la guerra, describió asimismo la utilización de información obtenida mediante radares chilenos y transmitida a las fuerzas británicas.

El contexto resulta indispensable.

Argentina y Chile habían estado al borde de un conflicto armado por el Beagle apenas cuatro años antes y ambos países se encontraban gobernados por dictaduras militares.

El Chile democrático actual no es el Chile de 1982.

Por lo tanto, sería periodísticamente incorrecto utilizar aquel antecedente para afirmar que existe hoy alguna coordinación entre Santiago y Londres contra la Argentina.

No hay evidencia pública que permita sostenerlo.

Pero recordar aquel episodio es legítimo y necesario cuando analizamos la historia geopolítica del extremo austral.

Porque los actores cambian.

Los gobiernos cambian.

Las alianzas cambian.

La geografía permanece.

El mapa ayuda a entender la dimensión del problema

Estrecho de Magallanes.

Cabo Vírgenes.

Tierra del Fuego.

Pasaje de Drake.

Islas Malvinas.

Georgias del Sur.

Sándwich del Sur.

Antártida.

Atlántico Sur.

Cuando observamos conjuntamente esos puntos aparece una dimensión que trasciende cualquier controversia diplomática de algunos días.

Estamos frente a una región atravesada por rutas marítimas internacionales, recursos naturales, pesca, energía, logística antártica, investigación científica, comunicaciones y presencia militar.

La propia Cancillería argentina lo expresó esta semana al definir al Atlántico Sur y la Antártida como espacios de creciente centralidad por sus recursos naturales estratégicos, su rol en las rutas marítimas y su participación en las cadenas globales de suministro.

A ello se agrega la Cuestión Malvinas.

Naciones Unidas reconoce la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido sobre las Islas Malvinas y continúa exhortando a ambos países a encontrar una solución pacífica mediante negociaciones. Argentina, por su parte, mantiene su reclamo de soberanía sobre Malvinas, Georgias del Sur, Sándwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes.

Por eso, cualquier análisis serio del extremo austral debe superar la fotografía inmediata.

La historia no acusa: permite comprender

Esta investigación no pretende construir enemigos.

Tampoco transformar el origen de una familia, una estancia o una comunidad en una sospecha.

Sería históricamente injusto y periodísticamente irresponsable.

Muchos descendientes de aquellos pioneros forman parte inseparable de la historia argentina.

Tampoco se trata de convertir a Chile en un adversario permanente.

Argentina y Chile comparten una extensa frontera, intereses antárticos, mecanismos de cooperación y una relación bilateral cuya estabilidad resulta estratégica para ambos países.

El planteo es otro.

La historia muestra cómo se construye influencia sobre un territorio.

Lo entendieron quienes desarrollaron la ganadería patagónica durante el siglo XIX.

Lo entendieron los grandes intereses comerciales del Atlántico.

Chile comprendió históricamente el valor de Magallanes.

Gran Bretaña comprende el valor estratégico del Atlántico Sur.

La pregunta que corresponde formular es si los argentinos dimensionamos plenamente la importancia de nuestra propia Patagonia.

Soberanía también significa presencia

Después de investigar esta historia llegué hace tiempo a una conclusión que la controversia actual vuelve a poner frente a nosotros:

la soberanía no solamente se proclama. También se construye.

Se construye con población.

Con infraestructura.

Con rutas.

Con puertos.

Con universidades.

Con ciencia.

Con producción.

Con energía.

Con comunicaciones.

Con empresas.

Con capacidades de defensa.

Y, fundamentalmente, con presencia permanente del Estado argentino en sus regiones estratégicas.

También implica conocer nuestra propia geografía económica: quién posee la tierra, cómo se explotan los recursos, qué corredores logísticos utilizamos, hacia dónde se dirige nuestra producción y qué intereses internacionales confluyen sobre esas regiones.

La controversia diplomática entre Argentina y Chile seguramente desaparecerá en algún momento de los titulares.

La geografía permanecerá.

Permanecerán Malvinas.

Permanecerá el Atlántico Sur.

Permanecerá la Antártida.

Permanecerá el Estrecho de Magallanes.

Y permanecerá una pregunta que atraviesa buena parte de nuestra historia contemporánea:

¿Cuánta presencia argentina efectiva tenemos en los territorios más estratégicos de nuestra propia Nación?

Hace más de cien años, distintos actores comprendieron el extraordinario valor de la Patagonia.

La Argentina del siglo XXI no puede darse el lujo de ignorarlo.

Porque estudiar nuestra historia no significa solamente mirar hacia atrás.

Significa comprender qué está en juego hacia adelante.

Martín Méndez
Periodista | Comunicación política y estratégica

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