Folklore bajo vigilancia: canciones que resistieron al silencio durante la dictadura

Persecución, censura y memoria atravesaron a una de las expresiones culturales más comprometidas del país, que supo transformar la música en una forma de resistencia colectiva.

Durante los años más duros del terrorismo de Estado en la Argentina, la cultura no quedó al margen del control y la represión. En ese contexto, el folklore —mucho antes de que el rock nacional consolidara su perfil contestatario— ya expresaba miradas críticas sobre la realidad social y política, lo que lo convirtió en uno de los blancos de mayor vigilancia por parte del régimen.

El movimiento del Nuevo Cancionero, surgido en la década de 1960, había marcado un quiebre en la música popular. Impulsado por artistas y compositores comprometidos, proponía una renovación estética y, sobre todo, conceptual: la canción dejaba de ser solo entretenimiento para transformarse en una herramienta de reflexión sobre la sociedad. Esa mirada, profundamente ligada a las problemáticas del pueblo, resultaba incompatible con un gobierno que buscaba imponer el silencio y eliminar toda forma de pensamiento crítico.

Con la instauración de la última dictadura militar en 1976, esa tensión se profundizó. La censura se volvió sistemática: canciones prohibidas, discos retirados de circulación y presentaciones suspendidas formaron parte de una política cultural orientada a disciplinar a artistas y audiencias. Muchos referentes del folklore fueron incluidos en listas negras, lo que les impedía difundir su obra en medios de comunicación o presentarse en escenarios públicos.

El exilio fue, para numerosos músicos, la única alternativa para preservar su libertad e incluso su vida. Otros eligieron permanecer en el país, adaptándose a un circuito más reducido y, en muchos casos, clandestino. En ese entramado, la música encontró nuevas formas de persistir: recitales en espacios alternativos, interpretaciones con letras modificadas o simbólicas, y una complicidad silenciosa entre artistas y público.

Ese vínculo fue clave para sostener la transmisión cultural. En medio de la represión, las audiencias no solo escuchaban: también participaban activamente, completando versos prohibidos en voz baja o interpretando mensajes que sorteaban la censura mediante metáforas. La canción popular se convirtió así en un espacio de resistencia compartida, donde el significado muchas veces trascendía lo explícito.

A pesar de los intentos por acallar esas voces, el folklore logró mantenerse vivo, preservando una memoria que hoy forma parte del patrimonio cultural argentino. Aquellas canciones, atravesadas por el dolor y la esperanza, siguen siendo testimonio de una época en la que la expresión artística fue también un acto de valentía.

Lejos de tratarse solo de un repertorio musical, esa etapa dejó en evidencia el poder de la cultura como herramienta de construcción colectiva. Incluso en los momentos más oscuros, la música encontró la manera de seguir diciendo, de nombrar lo que otros intentaban ocultar y de sostener, en cada acorde, la memoria de un pueblo.

Autor