Aunque algunos indicadores financieros muestran señales de alivio —baja del dólar, descenso del Riesgo País y expectativas de crecimiento—, un análisis más profundo revela desequilibrios persistentes: reservas que no se consolidan, mayor endeudamiento privado y familias atrapadas en niveles récord de mora.
Un frente financiero que aparenta calma
A simple vista, el panorama financiero parece alinearse con los objetivos oficiales. El tipo de cambio registró una leve caída, el Banco Central retomó compras de divisas, las tasas de caución descendieron a valores cercanos al 20% nominal anual y la última licitación de deuda logró renovar más del 120% de los vencimientos, incluso a tasas menores que en colocaciones previas. A esto se suma un Riesgo País que retrocedió hacia la zona de los 500 puntos básicos y una proyección de crecimiento del PBI del 4% para el año en curso, según estimaciones internacionales.
Sin embargo, detrás de estos datos se esconde una dinámica menos alentadora. Las compras de dólares se sostienen sobre un incremento del endeudamiento privado, la demanda de dinero no muestra señales claras de recuperación, las reservas netas continúan en terreno negativo y el nivel de endeudamiento de los hogares alcanzó máximos históricos.
Reservas, deuda y carry trade
El primer mes del programa de recomposición de reservas dejó cifras relevantes. Desde comienzos de enero, la autoridad monetaria adquirió más de USD 1.000 millones, impulsada por una fuerte emisión de obligaciones negociables por parte de empresas que aprovecharon el renovado atractivo del carry trade. El volumen total emitido superó los USD 6.400 millones.
No obstante, este mecanismo presenta varias aristas problemáticas. Por un lado, las divisas no se acumularon como reservas genuinas, ya que fueron transferidas al Tesoro. A su vez, el Tesoro utilizó los pesos disponibles en su cuenta en el Banco Central para pagar esas compras, lo que lo obliga a enfrentar futuros vencimientos con un mayor esfuerzo de refinanciación y a tasas más elevadas. Finalmente, la esterilización se realizó mediante la colocación de títulos atados al dólar, incrementando la deuda pública en manos privadas.
El tipo de cambio cerró el mes con una baja moderada, influida más por el fortalecimiento de monedas regionales y por el contexto internacional que por la intervención local. La liquidación de obligaciones negociables y el viento externo favorable reactivaron las estrategias de carry, con fuerte interés en instrumentos ajustados por inflación. De hecho, una porción significativa de títulos dólar linked no fue renovada y migró hacia activos en pesos.
Esta parece ser la hoja de ruta cambiaria hasta la llegada de la cosecha gruesa. El esquema depende de mantener controlada la cotización: si el dólar se mueve al alza, primero se esteriliza y, de no ser suficiente, se frenan las compras. Paradójicamente, una política que el propio gobierno cuestionó durante gran parte del año pasado resultó clave para reducir el Riesgo País, junto con el mayor apetito global por deuda sudamericana.
Hogares al límite: mora en ascenso
Mientras el frente financiero busca estabilizarse, la situación de las familias muestra un deterioro sostenido. Tras el proceso electoral, las tasas de interés comenzaron a bajar en toda la economía y muchos analistas anticiparon que la morosidad se normalizaría rápidamente. Eso no ocurrió.
Por el contrario, los últimos datos muestran un nuevo salto en los niveles de incumplimiento. La mora del sector privado superó el 5% y, en el caso de los hogares, se acercó al 9%, con aumentos significativos respecto de los registros previos. La reducción de tasas no logró frenar el avance de la irregularidad crediticia, que siguió profundizándose.
Desde la óptica bancaria, el escenario también se volvió más complejo. Los cargos por incobrabilidad superaron el billón de pesos en un solo mes, con incrementos muy marcados tanto en términos mensuales como interanuales. Al mismo tiempo, el ratio de previsiones —el colchón que las entidades mantienen para cubrir pérdidas— cayó por debajo del 100% por primera vez desde la pandemia, obligando a utilizar reservas previamente constituidas.
En perspectiva histórica, el contraste es fuerte. Durante las últimas dos décadas, las previsiones sobre cartera irregular promediaron niveles holgados. Incluso en 2024, con una mora baja, ese ratio se ubicaba en valores excepcionalmente altos. Hoy, la combinación de flexibilización cambiaria, caída del ingreso real y suba del endeudamiento llevó ese indicador a mínimos, con récords de mora familiar y de irregularidad total.
Tasas altas y alivio insuficiente
El problema se agrava por el costo del crédito. Muchas familias arrastran deudas a tasas superiores al 75% anual, lo que implica una carga de intereses mensual muy elevada. Los préstamos personales ajustan a la baja con mucha más lentitud que otras tasas de la economía, y aun un escenario optimista de reducción tendría un impacto limitado sobre la capacidad de pago.
En este contexto, el proyecto que propone la intervención del sistema previsional para refinanciar deudas de hasta $1,5 millones puede ofrecer un alivio parcial, pero no alcanza para resolver el trasfondo del problema: la pérdida sostenida del poder adquisitivo. Con salarios que corren por detrás de la inflación, la clave no pasa solo por la tasa, sino por la relación entre ingresos y cuotas.
Un riesgo que se vuelve sistémico
Aunque el volumen total de deuda de los hogares no luce desbordado en términos macroeconómicos, la situación empieza a adquirir rasgos sistémicos. Los balances bancarios reflejan un cambio abrupto: de resultados operativos positivos en 2024 se pasó a pérdidas en el mismo período de 2025. Ante este escenario, muchas entidades optan por vender carteras incobrables para recuperar parte de lo perdido.
Tal como está planteado, la iniciativa oficial implicaría que el Estado asuma el riesgo crediticio completo, cancelando las deudas con los bancos sin negociar quitas. Distintos especialistas advierten que una estrategia más equilibrada debería incluir descuentos, mejores plazos, tasas más bajas y criterios más amplios de elegibilidad, de modo de frenar la dinámica de “bola de nieve” que hoy enfrentan miles de familias.
El contraste entre la celebración de ajustes estructurales y las historias de esfuerzo individual que pasan inadvertidas expone una tensión de fondo. La estabilización financiera puede mostrar algunos logros en los indicadores, pero sin una mejora real en los ingresos y en la capacidad de pago, el costo social del nuevo esquema monetario sigue creciendo silenciosamente.