Costa Rica, Perú y Colombia se preparan para elecciones clave en un contexto de desgaste político, demandas de estabilidad y búsqueda de liderazgo firme. Un análisis del escenario regional anticipa continuidades, giros de poder y la irrupción de figuras disruptivas.
El inicio de 2026 encuentra a América Latina atravesada por una nueva ronda de elecciones presidenciales que podrían alterar —o consolidar— el rumbo político de varios países. Con realidades económicas dispares, sistemas partidarios tensionados y electorados cada vez más críticos, Costa Rica, Perú y Colombia se perfilan como escenarios decisivos donde se pondrán a prueba modelos de gestión, liderazgos emergentes y la capacidad de las fuerzas tradicionales para renovarse.
Costa Rica: continuidad y respaldo a la gestión
En Costa Rica, el escenario electoral aparece inclinado hacia la continuidad del actual proyecto de gobierno. Las proyecciones señalan a Laura Fernández como la principal favorita para suceder a Rodrigo Chaves, cuya administración culmina 2025 con niveles de aprobación cercanos al 65%. Ese respaldo se explica, en gran medida, por indicadores macroeconómicos positivos que han marcado la gestión.
Entre los datos más destacados se encuentra la reducción de la pobreza al 15,2%, el registro más bajo desde que existen mediciones en el país. A ello se suman mejoras salariales y un contexto de inflación controlada, factores que han reforzado la percepción de estabilidad económica. Frente a este panorama, la oposición aparece fragmentada y sin un liderazgo competitivo claro. Álvaro Ramos, candidato del principal partido opositor, figura en los sondeos como uno de los dirigentes con mayor nivel de rechazo electoral.
La falta de cohesión opositora y el temor a un retorno de los partidos tradicionales juegan a favor del oficialismo. En una eventual segunda vuelta, ese escenario podría facilitar que Fernández capitalice el voto de quienes buscan previsibilidad y evitan cambios bruscos, consolidando así la continuidad de un modelo que hoy es visto como referente de estabilidad en Centroamérica.
Perú: orden, seguridad y fin del desgaste político
El caso peruano se presenta marcado por el hartazgo ciudadano. Tras una década atravesada por crisis políticas recurrentes y la sucesión de siete presidentes, el electorado parece inclinarse por una figura que prometa autoridad, orden y capacidad de gestión. En ese contexto, Rafael López Aliaga emerge como el principal candidato a quedarse con la presidencia.
Las proyecciones se apoyan en dos elementos centrales. Por un lado, el persistente antifujimorismo, que históricamente ha limitado las chances de Keiko Fujimori en instancias decisivas y funciona como un techo electoral difícil de superar en una segunda vuelta. Por otro, el posicionamiento de López Aliaga en las encuestas, impulsado por su paso por la alcaldía de Lima.
Durante su gestión municipal, el actual candidato priorizó políticas de seguridad ciudadana, implementó brigadas contra el crimen y promovió obras de infraestructura, como la modernización del sistema de semáforos y proyectos ferroviarios. A esto se suma un enfoque económico orientado a estimular la inversión privada. En un país golpeado por la inseguridad y la desconfianza institucional, su perfil combina experiencia pública y trayectoria empresarial, atributos que podrían resultar decisivos para un electorado que busca recuperar el control y la estabilidad.
Colombia: una candidatura que rompe el esquema tradicional
En Colombia, el proceso electoral podría estar marcado por la irrupción de una figura que desafía abiertamente al sistema político histórico. Abelardo de la Espriella logró presentar más de cinco millones de firmas para respaldar su candidatura independiente, un hecho inédito que lo coloca por encima de las estructuras de los partidos tradicionales.
Este hito adquiere mayor relevancia al considerar el peso histórico del Partido Liberal y el Partido Conservador, fundados en el siglo XIX y protagonistas de la política colombiana durante más de cien años. Incluso el uribismo —que irrumpió con fuerza en 2002 bajo el liderazgo de Álvaro Uribe, con un discurso centrado en la seguridad, el nacionalismo y políticas económicas de centroderecha— parece desplazado por esta nueva dinámica.
La fortaleza de De la Espriella radica en su capacidad para movilizar un sentimiento patriótico y una disciplina electoral que otros espacios ya no logran despertar. Su mensaje, directo y sin concesiones, conecta con sectores desencantados tanto de los partidos tradicionales como de las coaliciones actuales. Además, capitaliza el descontento con la administración de Gustavo Petro, ofreciendo como alternativa un retorno a políticas de seguridad firme y mayor libertad económica.
Un año decisivo para la región
Las elecciones de 2026 no solo definirán gobiernos, sino también el clima político de la región en los próximos años. Entre la continuidad de modelos económicos exitosos, la búsqueda de orden frente a la crisis institucional y la aparición de liderazgos que desafían al statu quo, América Latina se encamina a un año electoral cargado de expectativas y posibles reconfiguraciones del poder.