La crisis política que dejó fuera de carrera a José Luis Espert por un escándalo vinculado al narcotráfico abrió la puerta a un giro espectacular en la alianza bonaerense. Con la renuncia sorpresiva del candidato, Diego Santilli —quien hasta hace poco ocupaba el tercer lugar en la lista— apareció como el nombre que podría encabezar la boleta de La Libertad Avanza en la provincia. El movimiento, casi de película, prendió la mecha de una nueva controversia: ¿puede el hombre señalado por el presidente como “un horrible candidato” ahora encarnar la apuesta electoral del espacio?
Santilli, quien participó activamente en las negociaciones para integrar al PRO en la alianza junto a Cristian Ritondo y Guillermo Montenegro, se lanzó de inmediato: en X proclamó que “va a dejar el alma para defender el rumbo y frenar a los que quieren que explote el país”. Un post con tono de cruzada que busca convertir emergencia en iniciativa. Sin embargo, la discusión legal complica el escenario: todavía no existe un pedido formal ante el juez federal con competencia electoral, Ernesto Kreplak, para oficializar el pase de Santilli al primer puesto, y persiste la duda sobre si podrá desplazar a Karen Reichardt, hoy segunda en la lista.

Lo que transforma este hecho en un terremoto político son las palabras que Milei dedicó a Santilli en 2023. En un extenso hilo publicado aquel año, el hoy presidente lo disparó con adjetivos devastadores: lo llamó “un engendro”, lo tildó de “horrible candidato” y se atrevió a decir que “no hay nadie que no diga que es un corrupto”. Además, puso entre comillas “sus negocios”, insinuando turbias redes de financiamiento que, para Milei, debían ser escrutadas. Ese archivo de declaraciones reaparece ahora como evidencia de una contradicción gigantesca: el líder que hace dos años cruzó públicamente a Santilli podría hoy tenerlo como carta principal en Buenos Aires.
La ironía se vuelve cruel: mientras Milei denunciaba la “casta” y pedía limpiar la política, el tablero se reacomodó con pactos y acuerdos que incluyeron al PRO en la provincia. Incluso la intervención de familiares en sellar alianzas —la negociación bonaerense que contó con la firma y la mano de su propia hermana— dejó en evidencia que la estrategia terminó por imponerse sobre las denuncias morales de campaña. Lo que era cacería retórica ahora se mide con la liviana balanza del pragmatismo político.
A lo anterior se suma una dificultad práctica: las boletas físicas ya fueron impresas para las 40.000 mesas bonaerenses. Si el reemplazo se confirma y se decide cambiar la papeleta, el país enfrentaría el dilema de reimprimir a contrarreloj. Juan Grabois, reaccionando al giro, lanzó una advertencia punzante: “no se te ocurra hacerle perder a los argentinos 15.000 millones de pesos para imprimir las boletas de nuevo”, subrayando el costo económico y simbólico de una modificación tardía.
En la arena pública, la metamorfosis de Santilli —de enemigo declarado a posible punta de lanza electoral— encendió alarmas en todos los frentes. La vieja pólvora de los tuits de Milei vuelve a arder: “candidato de TikTok”, “el que se pagaba la fiesta de cumpleaños con la tuya”, frases que en 2023 buscaban desacreditarlo hoy retumban con un significado distinto y aún más punzante. ¿Fue todo una puesta en escena táctico-electoral o la política terminó por tragarse sus propias consignas?
El país observa atónito cómo una alianza que hace dos años se proclamaba distinta rearma sus piezas en una jugada que mezcla escándalo, supervivencia y oportunismo. Santilli sube en las encuestas internas y en las planillas de poder, mientras las palabras de Milei se convierten en titulares que no encuentran una respuesta fácil. La reconstrucción de la lista bonaerense entra en días decisivos y la tensión entre pasado y presente promete mantener el fuego mediático encendido hasta que haya una resolución clara.