Una masiva manifestación tomó las calles porteñas para manifestarse contra la condena y la supuesta proscripción de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Lo que podría haberse interpretado como una jornada de furia, se transformó en una fiesta popular marcada por el agradecimiento, la identidad política y la memoria colectiva.
Miles de personas comenzaron a concentrarse desde la mañana en estaciones de tren y subte, entonando consignas históricas del peronismo y reafirmando su compromiso político. Los cánticos resonaron por toda la ciudad, mientras las columnas avanzaban hacia la Plaza de Mayo. «A pesar de las bombas, de los fusilamientos… no nos han vencido», se escuchaba una y otra vez, en una especie de liturgia militante.
A pesar de la fuerte presencia policial, con un despliegue que incluyó motociclistas, camiones hidrantes y efectivos dispuestos en diferentes puntos, la movilización transcurrió en un clima pacífico. En contraste con el desorden en el operativo de seguridad, la organización espontánea de los manifestantes resultó ser efectiva, ordenada y alegre.
Lo más llamativo del día fue el carácter transversal de la convocatoria. Participaron jóvenes, adultos, trabajadores, estudiantes, jubilados, y hasta familias completas. El miércoles, día habitual de protesta de los jubilados frente al Congreso, sumó también a ese colectivo al reclamo por Cristina. Esta vez, muchos pudieron regresar a sus casas sin sufrir represión, como había ocurrido en otras ocasiones.
En la puerta del edificio donde reside la vicepresidenta, en el cruce de San José y Humberto Primo, se vivieron momentos emotivos. Personas anónimas dejaron cartas, estampitas religiosas y pequeños recuerdos, mientras compartían testimonios de vida atravesados por las políticas públicas de los gobiernos de Cristina Kirchner. “Gracias a ella terminé la escuela”, “mi mamá se pudo jubilar”, “mi hijo se curó en el hospital público”, eran frases que se repetían.
Aunque no se permitió que Cristina saliera al balcón, ni que se acercara a saludar, los manifestantes no se desanimaron. La energía colectiva no decayó. El grito “el que no salta, votó a Milei” fue una de las consignas más repetidas, en alusión al actual presidente y como forma de marcar una diferencia política.
Más allá del contenido partidario, lo vivido fue una celebración de la memoria. La Marcha Peronista y el Himno Nacional fueron entonados en numerosas esquinas, incluso cuando la multitud quedó detenida por la gran cantidad de gente. Cada uno aportó lo suyo: bombos, banderas, y sobre todo, presencia. La esperanza de escuchar en vivo a la vicepresidenta desde los parlantes instalados en la Plaza se mantuvo hasta las 15, cuando finalmente se transmitió su discurso, aunque no todos lograron oírlo con claridad por problemas técnicos.
A pesar de eso, el mensaje llegó. Cristina habló desde su lugar de detención a una masa que no necesitaba confirmaciones para creer en ella. El solo hecho de estar allí, juntos, representaba una respuesta política poderosa.
Lejos de ser un hecho más, la movilización quedó registrada como un acontecimiento que muchos recordarán durante años. No fue solo una marcha: fue un gesto de gratitud, de militancia y de afirmación identitaria frente a lo que muchos consideran una persecución judicial. Y esa demostración masiva, alegre y decidida podría ser el principio de un nuevo ciclo de participación popular.