En medio de un clima de creciente malestar social, la Quinta de Olivos fue el escenario de una celebración que dejó al descubierto la brecha entre la clase política y los jubilados, que hoy sienten que sus necesidades son ignoradas. Mientras los diputados que apoyaron el veto a la reforma previsional disfrutaban de un asado en la residencia presidencial, afuera, en las calles, jubilados con carteles protestaban en medio de cacerolazos y cánticos desesperados.
Uno de los carteles más representativos de la jornada decía: «Asado para los diputados, pan y agua para los jubilados», sostenido por una jubilada que observaba, impotente, cómo los legisladores ingresaban vestidos de gala para lo que llamaban una «celebración». Entre los comensales se encontraban los diputados del bloque de La Libertad Avanza, el PRO y el radical Mariano Campero, este último siendo el único radical que decidió participar del banquete, tras cambiar su voto en favor del veto presidencial a la ley de movilidad jubilatoria.
La reacción no tardó en llegar, con jubilados denunciando la burla que representaba esta ostentación en tiempos de crisis. «Es una vergüenza», exclamó una jubilada, quien relató que su esposo no podía acceder a los medicamentos que necesita para el corazón debido a la falta de recursos. «No podemos llegar ni al día diez del mes, y ellos disfrutan de un banquete», agregó con los ojos llenos de lágrimas.
Mientras tanto, el vocero presidencial, Manuel Adorni, intentó minimizar la situación al afirmar que cada diputado pagaría su plato con 20.000 pesos de su propio bolsillo. «Lo pague quién lo pague, eso no importa. Esta noche muchos abuelos se irán a dormir sin comer, y a ellos no les importa», expresó con rabia otro manifestante. Las protestas continuaron hasta bien entrada la noche, mientras adentro, la cena se extendía con discursos y risas.