Luis Gotte: San Martín, estratega de la soberanía de los pueblos del sur

“Unámonos, paisano mío,… hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor. Mi sable no saldrá jamás de la vaina por opiniones políticas; usted es un patriota y yo espero que hará en beneficio de nuestra Independencia todo género de sacrificios” (misiva de San Martín a Estanislao López).

En este 17 de agosto se evoca un nuevo aniversario de la muerte del General Dn. José Francisco de San Martín. Magno conductor de hombres, entregado con devoción personal a la causa libertadora. Dotado de un temperamento que se impuso a la historia, se proyecta en el tiempo y se transmite a futuras generaciones en la formación de un sentimiento de nación, identidad colectiva y destino común. El germen de una idea por él incubada – dice Mitre – que brota de las entrañas de la tierra nativa, se deposita en su alma y es el campeón de esa idea. Leal a la máxima que regló su conducta, fue lo que debía ser y antes que ser lo que no debía prefirió no ser nada.

De su trayectoria se rescatan muchos aspectos. El recto soldado, un héroe de sobradas batallas, nota-ble estratega y organizador. Que orienta su vida al servicio de su tierra natal; con ese objetivo solicita, exige, organiza y ejecuta la acción libertadora de la América acriollada. Un soldado sometido al imperio popular, protector de pueblos y ejemplo de renunciamiento. Arquetipo de grandeza moral.

Asumió la misión de alcanzar la gesta de Independencia declarada en el acta de Tucumán. Y estaba dispuesto a lograr su propósito superando las disidencias, los localismos y los intereses sectarios. Para él no había más partido que el “americano”, ni otro plan político que la unidad de los pueblos del Sur emancipados. Todo lo demás es prescindible y secundario, incluso la forma de gobierno, que habría de decidirse sobre la marcha. Lo que urgía era organizar a América en libertad fraternidad e igualdad, dispuesta a caminar con grandeza y viabilidad económica la soberanía que los ejércitos libertadores conquistaron para el pueblo, que comparte necesidades y esperanzas, comprometido con su esfuerzo y su trabajo al logro del bienestar general. Principio que rige la obra sanmartiniana, y que subyace en su tarea gubernativa como Protector del Perú, cargo que asume con el objeto de alcanzar “fraternidad y unión a los demás pueblos libres de la América, para que prevalezca en ellos la libertad y el orden”.

En dicha actividad pública, pese a detentar el poder absoluto, promulgó un estatuto provisional auto-limitando sus atribuciones. Se propuso y logró “poner a los pueblos en el ejercicio moderado de sus derechos”, exigiendo de todos los esfuerzos tendientes a rehuir de las tiranías. Como administrador, fue ejemplo de rectitud y corrección, apuntalando un país cuyas arcas fiscales eran exiguas, y que tenía gastos de guerra por un alto porcentaje y, sin embargo, lograba un superávit, gracias a la reducción radical de la burocracia, la depuración de la moneda y otras cargas financieras, la explotación equitativa de los bienes mostrencos y la supresión del contrabando.

Pese a todo ello, cuando llega a Bs.As. sólo encontró indiferencia y permanentes intrigas casi imposibles de contrarrestar, lo que motiva su exilio a suelo europeo. Intenta retornar, pero desilusionado por la situación y las críticas que se le hacen a su arribo, decide emprende el regreso. No obstante, al expresar su última voluntad manifiesta el deseo de que su restos sean repatriados a Bs.As., y su sable de Libertador, debía ser entregado al general Juan Manuel de Rosas por la satisfacción que tuvo “como argentino, por la firmeza con que aquel general sostuvo el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”.

He aquí un héroe de proyección señera que, entre otras muchas cosas, nos legó con su ejemplo el compromiso con el grito sagrado: ¡UNIDAD Y LIBERTAD!. Nosotros, como argentinos y el país como nación, tenemos el deber de la paz y la felicidad. Y en su resultado debemos trabajar, perpetuando el impulso fundacional. Y sino forjamos ese destino, entones, vendrán orientaciones de afuera para imponerlo; y lo harán, seguramente, con ideas y programas que serán ajenos a nuestra historia, a nuestras tradiciones y a nuestro estilo de vida”. Como lo previene otro General, un siglo más tarde.

LuisGotte.com «la pequeña trinchera»

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