CASI SIN QUERER

Casi sin querer, se acerca a mí para preguntar por el tatoo en mi anterbrazo. Le contesto que, es la Estrella Federal, las provincias unidas contra el centralismo porteño; el sable de Martín Miguel de Güemes, en defensa de nuestra Soberanía; y, la tacuara de Felipe Varela peleando por la Patria Grande que Artigas soñó. Que mi piel me perpetúa, cada mañana, lo que se debe hacer: concluir la “revolución inconclusa”. Una Segunda Emancipación, la de Ugarte y Martí.

Casi sin querer, me refiere que es de Ciudad de México viviendo en Mar del Plata. En paz y tranquilidad. Pero que sus sueños han muerto cuando el narco asesinó a sus padres y la policía municipal a sus hermanos. Por protestones, nomas. Se vino a la Argentina escapando del hambre, la violencia, del sinsentido que cobra la vida en una tierra que ha decidido morirse. Debió ser argentino, reflexiona, es una gran tierra y un gran pueblo que ama vivir.

Casi sin querer, su voz parece quebrarse. Sus ojos llenos de nostalgias y tristeza. Me sigue diciendo que, no culpa a los Estados Unidos por lo que pasa en su Patria, a la que ama y no cambiaría por ninguna. La responsabilidad de lo que nos pasa es de toda Hispanoamérica. Que al ser todos iguales no hemos podemos unirnos en Unidad verdadera. Somos el destino de la humanidad, ya manifestado por José Vasconcelos: la raza cósmica.

Casi sin querer, nuestras patrias debieran tener una misma legislación laboral, que dignifique a nuestros trabajadores contra la opresión del capital; una misma justicia y legislación penal, se va preso donde te agarren; una misma educación, porque tenemos una misma historia donde nos miremos todos por iguales; una legislación soberana en alimentación, donde los gobiernos se preocupen por la nutrición de nuestros hijos.

Casi sin querer, prosigue explicándome que, unidos nadie estaría por encima de nuestra libertades y soberanía. No se llevarían nuestros recursos mineros, no desmontarían nuestros bosques, no contaminarían nuestros ríos, no explotarían y masacrarían a nuestros pueblos. Sin pobreza no habría narcos, dictadores ni dictaduras, maras, pandillas y bandas de ladrones. La corrupción política sería transformada por el amor a la Patria y al pueblo.

Casi sin querer, nos miramos. Ya no era un mexicano y un argentino hablando sobre estas cosas que nos duele. Ya nos veíamos como hermanos de toda la vida. De una larga vida que lleva 200 años de subordinación a potencias extranjeras, de golpes de estados, de grupos económicos foráneos que no se cansan en mancillar nuestras banderas soberanas. En estas tierras no somos Estados, somos pueblo dividido en republiquetas.

Luis Gotte
La pequeña trinchera

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