En estos tiempos turbios en los que gobierna una jauría de mediocres cipayos e insensibles, mientras padecemos inermes e inertes las miserabilidades gubernamentales, la lectura de este mensaje vigente del General quizás sirva para encender de fervor nuestros corazones y nos haga poner de pie y reaccionar frente a la abominación de la desolación imperante en nuestra Patria
Durante una cena de camaradería realizada pocos meses después de asumir la Presidencia, Juan Domingo Perón pronunció un extenso discurso en el que vinculó la Independencia de 1816 con los desafíos de la Argentina de posguerra, destacando la soberanía nacional, la justicia social y el papel de las Fuerzas Armadas en la construcción del futuro del país.
A pocos meses de haber asumido la Presidencia de la Nación, Juan Domingo Perón protagonizó uno de los discursos más significativos de los primeros años de su gobierno. La intervención tuvo lugar el 5 de julio de 1946 durante la tradicional comida anual de camaradería de las Fuerzas Armadas, celebrada en el salón Les Ambassadeurs, en vísperas del 130° aniversario de la Declaración de la Independencia.
Ante autoridades militares argentinas y representantes de fuerzas armadas extranjeras, Perón desarrolló una extensa reflexión sobre la historia nacional, el rol de los próceres de la emancipación y los desafíos que enfrentaba el país tras la Segunda Guerra Mundial.
El entonces mandatario comenzó evocando los momentos más difíciles de la historia argentina. Recordó el complejo escenario que rodeó al Congreso de Tucumán en 1816, cuando las Provincias Unidas enfrentaban amenazas militares externas, conflictos internos y profundas divisiones políticas. En ese contexto, destacó la figura del general José de San Martín y de los congresales que impulsaron la independencia, a quienes presentó como ejemplos de fe, sacrificio y determinación.
Perón sostuvo que los patriotas de la emancipación lograron superar circunstancias extremadamente adversas gracias a la confianza en el destino de la Nación y a la convicción de que la libertad y la soberanía debían prevalecer por encima de cualquier dificultad. Según expresó, aquellas enseñanzas continuaban vigentes para las generaciones posteriores.
A lo largo de su exposición, el Presidente hizo especial hincapié en una serie de valores que consideraba fundamentales para la vida nacional y para la formación militar. Entre ellos mencionó la fe, la austeridad, la solidaridad, la lealtad y la camaradería, virtudes que definió como pilares históricos del espíritu argentino.
En su visión, esos principios no sólo habían permitido consolidar la independencia, sino también afrontar los distintos desafíos que atravesó el país durante más de un siglo de vida institucional. Perón afirmó que la historia argentina estuvo marcada por períodos de crisis, tensiones internas y obstáculos externos, pero que siempre logró avanzar gracias al esfuerzo colectivo de sus habitantes.
El discurso también incluyó un análisis de la situación política y económica previa a su llegada al gobierno. El mandatario cuestionó duramente a las administraciones anteriores, a las que acusó de favorecer intereses particulares en detrimento del bienestar general y de permitir una creciente influencia extranjera sobre sectores estratégicos de la economía nacional.
Asimismo, planteó que el país había atravesado una etapa de deterioro político caracterizada por la pérdida de prestigio de los partidos tradicionales, la corrupción y el alejamiento de las necesidades de los trabajadores. En contraposición, sostuvo que el movimiento que lo llevó a la Presidencia representaba una recuperación de los valores nacionales y una respuesta a las demandas populares.
En varios pasajes, Perón vinculó su proyecto político con tres conceptos que luego se convertirían en ejes centrales del peronismo: la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Para el líder justicialista, la reconstrucción nacional debía apoyarse en la protección de los trabajadores, el fortalecimiento del Estado y la defensa de los intereses argentinos frente a cualquier forma de injerencia externa.
El contexto internacional también ocupó un lugar destacado en sus palabras. La Argentina atravesaba un período de redefinición de su política exterior luego del fin de la Segunda Guerra Mundial. En ese escenario, Perón reivindicó una posición de autonomía nacional, promoviendo relaciones de cooperación con otras naciones, pero sin renunciar a la defensa de los intereses propios.
Hacia el final de su intervención, el Presidente convocó a los integrantes de las Fuerzas Armadas a asumir con responsabilidad el papel que les correspondía en la construcción del futuro argentino. Destacó el sacrificio de los militares destinados en regiones alejadas del país y valoró su compromiso con la defensa nacional.
Finalmente, elevó una invocación religiosa en favor de la Nación, deseando que la Argentina continuara siendo una patria pacífica, solidaria y respetuosa de la libertad, pero al mismo tiempo firme en la defensa de su independencia y soberanía.
Con el paso de las décadas, aquella alocución de 1946 quedó registrada como uno de los discursos emblemáticos del inicio del primer gobierno peronista. Su contenido sintetizó buena parte de las ideas que marcarían la gestión de Perón durante los años siguientes y que influirían profundamente en la vida política argentina: la reivindicación de la independencia nacional, el protagonismo de los trabajadores, la unidad del pueblo y la búsqueda de un proyecto de desarrollo con identidad propia.