Luis Gotte propone repensar el desarrollo de la provincia de Buenos Aires a partir de una mirada histórica y estratégica. El autor sostiene que, así como el ferrocarril fue el motor que dio origen a cientos de pueblos bonaerenses durante los siglos XIX y XX, la agrobioindustria, la innovación tecnológica y la producción con valor agregado pueden convertirse hoy en los pilares de una «segunda fundación» del interior provincial, impulsando el arraigo, el empleo y un nuevo modelo de crecimiento con identidad bonaerense.
Por Luis Gotte – la trinchera bonaerense

La historia de los pueblos bonaerenses puede leerse como la historia de dos grandes proyectos de ocupación del territorio.
El primero comenzó a consolidarse después de la organización nacional durante la segunda mitad del S.XIX. La provincia de Buenos Ayres pasó a convertirse en el gran centro productivo de una Argentina orientada a un régimen extractivista. El crecimiento de la demanda europea de cereales y carnes impulsó un formidable proceso de transformación en la Pampa Húmeda. Llegaron cerca de cuatro millones de inmigrantes al Río de la Plata hacia fines del S.XIX; italianos, españoles, franceses, alemanes del Volga, galeses, suizos y muchas otras comunidades poblaron la inmensa llanura pampeana.
Los ferrocarriles ingleses, el telégrafo alemán y los puertos no fueron solamente obras de infraestructura. Constituyeron una verdadera política de ocupación del territorio. Allí donde llegaban las vías nacían estaciones; alrededor de las estaciones surgían comercios, cooperativas, escuelas, iglesias, clubes, municipios y pueblos enteros dedicados a la producción agrícola y ganadera.
Durante varias décadas esa red convirtió a la provincia en uno de los espacios agrícolas más dinámicos del planeta. Pero todo proyecto está atravesado por cuestiones ideológicas que nada tienen que ver con nuestra provincia.
A partir de mediados del S.XX comenzó a imponerse otro paradigma regional: el norteamericano. El protagonismo ferroviario fue reemplazado progresivamente por el transporte automotor, mientras el crecimiento económico se concentró cada vez más alrededor de las grandes áreas metropolitanas. El interior comenzó lentamente a perder población y funciones económicas.
La concentración urbana se profundizó durante las décadas siguientes y adquirió una nueva dimensión con las transformaciones económicas iniciadas en 1976. La creciente concentración de la tierra, la primarización de las exportaciones, el cierre de numerosos ramales ferroviarios y la centralización política aceleraron el vaciamiento de 600 localidades bonaerenses.
El resultado ya lo conocemos: pueblos que envejecen, estaciones abandonadas, escuelas rurales que cierran y jóvenes obligados a emigrar hacia ciudades cada vez más difíciles de gobernar y administrar.
Sin embargo, hoy la historia ofrece una nueva oportunidad. Si el S.XIX ocupó el territorio mediante el ferrocarril, el S.XXI puede volver a poblarlo mediante la agrobioindustria.
Hoy la infraestructura estratégica ya no son únicamente las vías férreas. Son las plantas de bioetanol, los biodigestores, las industrias de bioplásticos, los laboratorios biotecnológicos, las fábricas de alimentos funcionales, la IA aplicada al agro, la robótica, la impresión 3D de viviendas, la conectividad satelital y la energía distribuida.
El maíz, la soja, el trigo, la cebada, el girasol, la papa y decenas de cultivos ya no representan solamente materias primas. Constituyen plataformas industriales capaces de generar cientos de manufacturas, empleo calificado y nuevas oportunidades de arraigo.
Pero esa transformación no ocurrirá espontáneamente. Así como el primer poblamiento bonaerense fue resultado de una decisión política (británica) acompañada por inversión, infraestructura y planificación, esta segunda fundación de los pueblos también requiere conducción, que deberá ser BONAERENSE. Necesita la articulación entre el poder político, el campo, las universidades, el INTA, el INTI, los laboratorios, las cooperativas, las escuelas técnicas y el sector privado.
Buenos Ayres necesita dejar de pensarse como una periferia administrativa y comenzar a pensarse desde aquello que verdaderamente es: una inmensa tierra de producción.
La provincia no necesita copiar modelos europeos ni repetir recetas importadas. Debe construir su propio proyecto histórico. Porque si el S.XIX fundó los pueblos alrededor del ferrocarril, el S.XXI puede refundarlos alrededor del conocimiento, la agrobioindustria y la innovación tecnológica.
Solo entonces Buenos Ayres podrá convertirse en una verdadera Comunidad de Comunidades…la provincia debe ser bonaerense o no será.