A pesar de haber obtenido un millonario préstamo del Fondo Monetario Internacional, el Gobierno argentino continúa acumulando deuda para mantener bajo el tipo de cambio. La lógica detrás de esta estrategia, según diversos economistas, responde a una necesidad política de conservar estabilidad hasta las próximas elecciones, más que a un plan sustentable en el tiempo.
Lejos de reducir la dependencia externa, la administración actual ha profundizado el endeudamiento a través de múltiples instrumentos financieros. Entre ellos, destaca un nuevo acuerdo con bancos internacionales por 2000 millones de dólares mediante un REPO a una tasa del 8,25%, una operación que busca alquilar reservas internacionales para, paradójicamente, recibir nuevos fondos del FMI.
Además, se reactivó la emisión de bonos del Tesoro Nacional (Bontes) y se prevé una nueva colocación por otros 1000 millones en los próximos meses. También se avanzó con la colocación de Bopreal, títulos diseñados para facilitar el giro de utilidades de empresas extranjeras, y se eliminaron las restricciones para capitales especulativos, en un guiño al modelo liberal de libre flujo de fondos.
Mientras el presidente Milei y su ministro de Economía, Luis Caputo, insisten en que la situación está bajo control, expertos como Jorge Carrera aseguran que se trata de una huida hacia adelante. “Hay un desborde total del endeudamiento. Es un esquema que se sostiene a base de deuda nueva para pagar deuda vieja”, sostiene el economista.
El mercado cambiario también ha sido objeto de intervenciones con el fin de mantener el dólar bajo: desde maniobras con futuros hasta regulaciones a los fondos comunes de inversión, pasando por medidas para atraer inversiones de corto plazo, conocidas como capitales golondrina. La finalidad es clara: reforzar reservas para estabilizar el tipo de cambio oficial.
Todo esto ocurre en el pico de ingreso de dólares del año, producto de la cosecha gruesa y de una reducción temporal de las retenciones. No obstante, los dólares comerciales tampoco alcanzan. Se intentó además fomentar la repatriación de capitales no declarados, pero sin éxito tangible hasta ahora.
Para Carrera, la situación remite a momentos críticos del pasado reciente. “Esto no resiste mucho más. Ya se vivió en 2018 con Caputo. El mercado dividió su apuesta: unos creyeron, otros se fueron. Ahora pasa lo mismo”, señala.
La incertidumbre también se refleja en el riesgo país, que no logra perforar el piso de 650 puntos. “Las expectativas no son homogéneas. Hay sectores del mercado que todavía quieren creer en el relato oficial, pero el modelo tiene inconsistencias graves”, agrega Hernán Letcher, quien advierte que sin una reactivación del empleo y del poder adquisitivo, el esquema actual solo profundizará la desigualdad.
Los economistas proyectan que el Gobierno intentará mantener el esquema hasta que se consoliden las exportaciones energéticas, especialmente desde Vaca Muerta. Sin embargo, alertan que aun en el mejor de los escenarios, el costo social será altísimo. “La pobreza estructural se agravará. No hay política productiva ni redistributiva. Solo se sostiene el dólar barato para contener precios y seguir tomando deuda”, concluye Letcher.
En tanto, la economía real no muestra señales de reactivación genuina. Las actividades más dependientes del empleo siguen planchadas y el consumo no despega. “Se terminó el rebote y entramos en una meseta. Lo único que crece es el endeudamiento, y sin freno”, advierten los especialistas.