UNA GRIETA PERMANENTE: campo, ciudad y la lucha por la Soberanía Alimentaria

Por Luis Gotte – La Trinchera Bonaerense

Desde que era pibe, siempre escuché decir: “los chacareros son unos quejosos, pero se compran una Ford o una camioneta Chevrolet de último modelo”. Hoy, 40 años después, esa misma crítica resuena, aunque ahora se habla de una 4×4. Pero nadie se pregunta cuáles son las condiciones del campo, qué sucede cuando llueve demasiado o cuando no llueve nada. Esa brecha, esa grieta, se extiende con fuerza entre el AMBA y la región surera bonaerense, y aún más entre ciertos sectores de la militancia política y los ruralistas. Es, en esencia, la misma desconexión que separa a Europa de nuestros pueblos.

Esta división no es sino la cara visible de una lucha permanente: la de quienes trabajan la tierra y la ciudad que solo ve industrias y fábricas. Incluso, los europeos nos ven como campesinos con pocas habilidades para el manejo político; si fuera por ellos, ya habrían vuelto a conquistarnos. El Conurbano nos subestima, nos mira como simples campesinos, y hasta nos han quitado representación política. Es como si el que cultiva la tierra no supiera gestionar sus recursos o defender sus derechos. Sin embargo, es en el campo donde se forja la verdadera fortaleza, donde la producción de alimentos se convierte en un acto de resistencia y dignidad. Siempre fue así: en toda revolución, los primeros en levantarse fueron los campesinos.

Francia, Inglaterra y otros países nos miran con soberbia y altivez, olvidando que nosotros somos quienes llenamos las despensas del mundo. Estos mismos actores, expulsados de África y Asia, ven mermar su influencia, y en su afán por modernizarse y apostar por la gran industria -al igual que ocurre en algunos sectores del Conurbano- han dejado de lado la importancia vital de la producción agrícola. Se invierte en maquinaria y tecnología, pero se olvida quién la opera y quién cultiva la tierra. Olvidan de dónde sale la comida.

La consecuencia es palpable: nadie controla la producción alimentaria y los precios de la comida. Tanto en Europa como en el Conurbano, el desencuentro está generando hambre, malestar, inseguridad y el crecimiento de actividades delictivas como el narcotráfico. La desconexión entre el poder político y la realidad del campo alimenta tensiones que socavan la estabilidad social. En ese contexto, se hace urgente repensar el modelo de producción y desarrollo.

La solución no radica en perpetuar la dependencia de un sistema que privilegia la industria y el capital, sino en recuperar la soberanía alimentaria a través de la cooperación y la descentralización. Imaginemos una política estratégica que permita al gobierno proveerse de parte de la materia prima y transformarla a través de cooperativas de producción diversificada en la provincia de Buenos Ayres. Con ello, se podría repoblar las delegaciones municipales, desconurbanizar y, en definitiva, garantizar que la alimentación no sea un privilegio de unos pocos, sino un derecho de todos.

La propuesta es, ante todo, un llamado a la unidad. Es trabajar juntos, reconociendo que la riqueza de una nación no reside únicamente en sus grandes industrias o en la tecnología de punta, sino en la tierra y en quienes la trabajan. Es tiempo de tender un puente entre lo urbano y lo rural, entre quienes manejan la política y quienes cultivan nuestros alimentos, para elaborar un proyecto común que asegure la actividad económica y la dignidad de todos los bonaerenses.

Hoy, más que nunca, es necesario recordar que la tierra es el sustento de nuestro presente. La verdadera fortaleza de una nación radica en saber cuidar de su tierra, en valorar a quienes la trabajan y en unir esfuerzos para construir un porvenir donde nadie quede atrás. La historia nos llama a repensar, a trabajar juntos y a reconstruir el lazo que une al campo con la ciudad, en beneficio de todos. Necesitamos que el poder político, el agroindustrial, las universidades y los centros de investigación trabajen juntos.

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