En 1836, el padre de Bartolomé Mitre resolvió enviarlo a Buenos Aires, para que completara a su educación. Más adelante con el propósito que se familiarizase “bajo la dura ley del trabajo” con las tareas rurales, lo envió a la estancia de Gervasio Rosas, hermano del gobernador de Buenos Aires. En cierta ocasión aquél mandó al visitante con un recado a la margen opuesta del río Salado.
Años más tarde Mitre recordaba así este episodio: “Había llovido bastante y el río estaba algo crecido. Yo no era baqueano en los pasos y buscaba el más aparente para vadearlo y ya iba a intentarlo por donde mejor me pareció, cuando surgió de improviso un jinete muy apuesto y muy bien aperado que me gritó: ‘Chiquilín, ¿Qué vas a hacer?’. ‘Voy a pasar el río, señor…’ ‘Por ahí no, criatura; te vas a ahogar’ y agregó imperativo, dando espuelas a su caballo: ‘Sígueme’. Yo le obedecí y anduvimos silenciosamente varias cuadras, costeando el río. Hasta que, deteniéndose en determinado paraje, me dijo: ‘Este es el vado más seguro. Agárrate bien de las crines de tu caballo y andá tranquilo, pero fíjate para no errarle en el regreso’. ‘Gracias, señor’, le respondí. ‘Y cómo te llamas?’ me preguntó entonces el providencial personaje. ‘Bartolomé Mitre, señor’ repliqué. ‘De dónde eres?’. ‘De lo de don Gervasio Rosas.’ ‘¡Ajá, decile a Gervasio, que dice su hermano Juan Manuel que no sea bárbaro, que no se envía a una criatura como vos a cruzar el Salado crecido sin mandarlo a la muerte! Y dale ‘recuerdos míos’”. Así conoció, a los quince años, casi por una coincidencia del destino, Bartolomé Mitre a Juan Manuel de Rosas.

El joven Mitre no logró adaptarse a la estricta disciplina que imperaba en la estancia “El Rincón de López” perteneciente al hermano del gobernador. Éste decidió restituirlo a su padre transmitiéndole: “Dígale a Don Ambrosio que aquí le devuelvo a este caballerito, que no sirve ni servirá para nada, porque cuando encuentra una sombrilla se baja del caballo y se pone a leer.” Una placa conmemorativa, colocada en el olmo centenario del parque, recuerda su estadía en la estancia que aún hoy subsiste. Fue tal vez, bajo el mismo olmo, donde Mitre concibiera las historias que años después protagonizó y tan brillantemente narró.